martes, 27 de noviembre de 2012

"Memorias de Africa" y Maestroviajes.com en Kenia


Un Safari en África es inolvidable, cuando como telón de fondo se encuentran los parques de Kenia, con sus apasionantes encuentros con la vida salvaje. Es sin duda, el mejor de los escenarios para revivir la romántica historia de Karen Blixen, en cuya novela autobiográfica se basa la película “Memorias de África”.

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“Hay algo en la vida del safari en áfrica que te hace olvidar todas las penas y sentirte como si te hubieras bebido media botella de champán… con el corazón rebosante de gratitud por el hecho de estar viva”. Imposible definir mejor lo que transmiten los paisajes africanos y sus encuentros con la fauna que esta frase de Karen Blixen, la baronesa que, en los albores del siglo XX, se instaló en la Kenia colonial para sacar adelante una plantación de café a los pies de las colinas de Ngong. 


Restaurada en parte con los 5.000 dólares que Universal Films aportó para rescatarla de las ruinas, esta casa, a una decena de kilómetros de la hoy bulliciosa capital de Nairobi, se convirtió en los 80 en un museo, incluidos los edificios anexos que albergaban la cocina y el secadero de café, así como sus jardines, que hoy se alquilan en ocasiones para bodas y otros eventos especiales. 

Algunos de los muebles que Karen Blixen se vio obligada a vender a Lady McMillan al quemarse su granja y tener que regresar a Dinamarca fueron readquiridos y hoy pueden admirarse en sus salas, al igual que una colección de fotografías de sus años en África e, incluso, las botas de safari y los característicos pantalones jodhpur que Maryl Streep lucía en la película. 

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Más difícil será acceder al Muthaiga Country Club, en el que Karen conoció al cazador Finch Hatton, interpretado por el mejor Robert Redford, con el que, por supuesto, vive una preciosa historia de amor tras separarse del barón. Este club privado de las afueras de Nairobi que sigue abriendo solo para socios –afortunadamente hoy también para socias, a diferencia de aquellos tiempos– no permitió que sus salones se utilizaran para el rodaje, por lo que hubo de construirse una réplica. 

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Pero lo que sin duda no habrá que perderse es la experiencia de un safari en Africa, ya sea por la Reserva Nacional de Shaba, en la que se rodaron muchas de las escenas de la película; en el Parque Nacional de Tsavo, en el que se estrelló la avioneta de Finch Hatton, o en el Masai Mara, en cuyos lindes se encuentra la espectacular escarpadura de Esoit Oloololo que los protagonistas sobrevolaban en avioneta admirando apabullantes concentraciones de fauna. Aunque cada reserva keniana sea dueña y señora de unos paisajes únicos, la experiencia del safari es bastante similar en todas ellas. 

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Puede que en swahili safari en Africa solo signifique viaje, pero en cualquier otro idioma la palabra hace volar la imaginación hacia los horizontes de África. Si para Finch Hatton el máximo trofeo era hacerse con unos colmillos de elefante –como puede apreciarse en la escena en la que el cazador detiene el tren de vapor en el que Karen viaja del puerto de Mombasa a Nairobi¬–, hoy, prohibida la caza en todo el país, el mayor triunfo para sus visitantes es cazar con el objetivo de su cámara a los míticos big five o cinco grandes: el búfalo, el efefante, el rinoceronte, el leopardo y su ‘majestad’ el león. 

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El día de safari en Africa arranca de madrugada, con apenas un café para salir del regazo maternal de la mosquitera e ir despertando los sentidos al festín que les aguarda. Todavía con las luces encendidas, el todoterreno guiado por un ranger avanza con sus ocupantes a bordo mientras la sabana se despereza. Tímidamente comienza a clarear y millones de animales celebran con un fenomenal griterío el haber sobrevivido una vez más a los peligros de la noche. Y, como corresponde a las latitudes ecuatoriales, amanece muy deprisa. En sincronía perfecta, el ciclo de la vida va levantando el telón de esa pieza teatral en la que cada especie tiene bien aprendido su papel: los herbívoros de más tamaño tomarán las hojas más duras o inaccesibles y, a su paso, aplastarán la hierba, más apetitosa así para los más pequeños, que sin saberlo irán enterrando con sus pezuñas las semillas para que la vida vuelva a germinar. Los carnívoros se emplearán a fondo en dar caza a unos y a otros, y aún dejarán algo para los carroñeros, que la naturaleza en África no sabe de desperdicios. 

El olor a herbívoro perfuma la sabana y la claridad que de súbito la envuelve favorece los primeros encuentros: una familia al completo de babuinos a paso diligente; una manada de impalas hembra triscando confiada en su certeza de que el macho que las vela daría la voz de alarma si intuyera la presencia de un predador; los primeros elefantes, quizá algún solitario rinoceronte o unas jirafas despuntando sobre las copas de unas acacias, con su halo de inocente coquetería y tan impasibles a la presencia humana como la barbaridad de ñus, de cebras y búfalos que, como en un jardín del edén, pastan por las praderas. 

Es a esta primera hora del día y al atardecer cuando conviene salir de safari en Africa. Las temperaturas aún bajas hacen que la fauna esté más activa, y es también entonces cuando se tienen más posibilidades de asistir a una escena de caza. El resto del día discurre indolente en las dependencias del logde, con unas horas de sol en la piscina o un repaso a los libros de fauna dispuestos en sus salones abiertos a la naturaleza; en el porche de la tienda que hace las veces de habitación, o programando nuevas aventuras, como un paseo por el río, un safari a pie o uno nocturno, y hasta un vuelo en globo al amanecer para, nada más tomar tierra, disfrutar en plena sabana de un desayuno al más puro estilo Memorias de África. (Fuente www.hola.com)

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